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dissabte, 14 d’abril del 2012

Sexismo lingüístico: de la punta del iceberg al glaciar

El lenguaje no solo está marcado por el género, sino, en general, por el arquetipo viril. Revisarlo requiere una revolución científica; ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal.






La publicación del informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, en el que Ignacio Bosque evalúa guías de lenguaje no sexista, ha abierto un debate que se ha quedado en la punta del iceberg. Propongo prolongarlo para abordar lo que oculta en aguas más profundas y qué pasa con unos glaciares que siempre dijimos que acumulan hielos perennes y hoy se quiebran a un ritmo acelerado. Porque las palabras son instrumentos para el pensamiento y el conocimiento y el masculino constituye la pieza clave de las humanidades, las ciencias sociales, la política, el periodismo...

Bosque y otros proponen continuar utilizando el masculino porque muchas mujeres no nos sentimos excluidas. Cierto. Desde que en 1910 las mujeres pudimos acceder a la Universidad hemos asumido las palabras con las que se elabora el pensamiento y el conocimiento desarrollado en torno al concepto “hombre”. Sin embargo, tras profesar, muchas y algunos hemos detectado que el masculino supuestamente genérico no permite designar a los dos sexos porque está marcado y conduce a considerar a las mujeres una “anomalía”, de acuerdo con la explicación de Kuhn sobre las revoluciones científicas. La mayoría propone hacer visibles a las mujeres mediante un lenguaje no sexista y hacen aportaciones a las distintas disciplinas “con perspectiva de género”.

Por mi parte, la lectura atenta de numerosos textos me condujo a constatar que el masculino, tal como lo utilizamos en los debates públicos académicos, políticos, periodísticos, no abarca a las mujeres y tampoco a todos los hombres porque sólo considera humano el arquetipo viril.


La lectura de numerosos textos me condujo a constatar que el masculino no abarca a las mujeres y tampoco a todos los hombres

Por eso las mujeres nos podemos sentir incluidas en los masculinos, porque estamos donde queremos estar. Pero algunas los evitamos, conscientes de que afectan al objetivo de la cámara que utilizamos, reducen el enfoque sobre los seres humanos, dejan fuera parte de las relaciones sociales, borran matices, crean la ilusión óptica de que vemos lo universal y nos llevan a confundir lo particular con lo general. Y buscamos otras imágenes y palabras adecuadas a unas sociedades plurales y complejas que queremos cambiar para hacerlas justas y equitativas.

El primer indicio de que los masculinos restringen y tergiversan nuestro conocimiento lo encontré cuando regresé a la Universidad como profesora. Siendo estudiante, el enunciado “el hombre es el protagonista de la historia” me había permitido pasar de la versión tradicional de fechas, héroes y batallas, a otra que me ayudó a comprender el funcionamiento de la sociedad. Quise aplicar esta enseñanza a explicar la historia de los medios de comunicación y la cultura de masas. Y un día una alumna me recriminó que mi asignatura era “tan machista como todas las de esta casa”. Tenía razón. No mencionaba a las mujeres porque lo ignoraba todo. Para subsanar mi ignorancia leí y releí atentamente y advertí que la mayoría de textos académicos casi no hablan de las mujeres, que si lo hacen suelen utilizar expresiones negativas o ironías para aligerar párrafos densos… Y deduje que el hombre al que consideraba protagonista de la historia no incluía a las mujeres; los nombres propios ratificaban que solo abarcaba parte de los hombres; y las actuaciones que se les atribuían delataban que tampoco incluían a los seres humanos de sociedades a las que se menosprecia como primitivas, subdesarrolladas… Así, al preguntarme de quién hablamos cuando hablamos del hombre tuve que responder que este concepto está marcado por prejuicios androcéntricos, sexistas, adultos, clasistas y etnocéntricos, y no solo por el género, término que empezó a utilizarse para emular la cultura anglosajona.

“Para hacer grandes cosas hay que ser tan superior como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos y el amo a los esclavos”. Aristóteles definió así los rasgos del arquetipo viril, sabiendo que solo podía afirmar que ese hombre es superior diciendo que otras mujeres y hombres son inferiores. Y con esta pieza elaboró una explicación para influir en la organización de la polis y lo consiguió. Hasta nuestros días. Aunque los estudiosos y estudiosas actuales ofrecen una versión opaca de sus palabras al utilizar el masculino como si no estuviera marcado y al generalizar como humano lo que el filósofo solo atribuyó a algunos hombres. Además, eliminan aspectos de su análisis que son fundamentales para comprender tanto lo que dijo como el presente.

Proyectan hacia el pasado una visión centrada en lo público que menosprecia lo privado como si fuera insignificante o anómalo. Por eso no logramos entender qué hacemos y podemos hacer cada persona con nuestra economía doméstica en relación con los negocios del consumo transnacional, con una especulación financiera que se ha alimentado de hipotecas basura y ante los paraísos que promete la publicidad y los infiernos de la marginación que dramatizan las televisiones.


El concepto "hombre" que acuñó Aristóteles fue asumido en las universidades cristiano-escolásticas por los varones adultos europeos

No confiesan, como sí hizo Aristóteles, que consideramos “la guerra… un medio natural de adquirir bienes que comprende la caza de los animales bravíos y la de aquellos que nacidos para ser mandados se niegan a someterse”; que la guerra alimenta la apropiación privada y pública de bienes a expensas de desposeer a la mayoría de los recursos necesarios para su supervivencia; que dominar a otros pueblos no es algo espontáneo; que los varones lo han practicado tras ser cruelmente instruidos; que obliga a distribuir tareas entre mujeres y hombres adultos (“el hombre conquista y la mujer conserva”); y algunas atribuyen a los hombres toda la violencia y niegan cualquier complicidad de las mujeres, imprescindible para que las jóvenes generaciones perpetúen y amplíen el sistema. Por eso, ante una crisis que ya no permite ensalzar a los héroes ni proclamarnos superiores, porque África ya no empieza en los Pirineos, sólo sabemos alimentar el miedo… o entonar lamentos victimitas en beneficio de redentores profesionales.

Ciertamente, el concepto “hombre” que acuñó Aristóteles fue asumido en las universidades cristiano-escolásticas por los varones adultos europeos vinculados a la jerarquía eclesiástica que además debían ser célibes. A partir del siglo XII expulsaron a las mujeres, los judíos y los musulmanes de las universidades, como ha explicado Julia Varela. A medida que la cristiandad europea impuso su dominio sobre otros pueblos, transformó las relaciones sociales internas. Algunos hombres y mujeres antes excluidos nos hemos incorporado a los escenarios del poder y hemos tenido que asumirlos; y aunque la lengua se adapta a los cambios sociales, hoy sigue “firmemente asentado en el sistema gramatical del español”, como una “prisión de larga duración”, en palabras de Fernand Braudel.

Todo esto recomienda no usar el masculino como hasta ahora y tampoco sustituirlo por femeninos o doblar palabras. Y obliga a ampliar el enfoque para percibir lo hasta ahora “anómalo” como normal: a promover una revolución científica que permita hacer diagnósticos rigurosos de los problemas de nuestras sociedades para encontrar remedios eficaces. Ardua tarea en unos ambientes académicos que multiplican las evaluaciones, obligan a hacer y decir dentro de cánones estrictos y penalizan cualquier aventura.

Afortunadamente, como detectó Fernández Hermana en los noventa, más allá de estos monasterios hay vida. Otros científicos han generado instrumentos que facilitan elaborar explicaciones plurales, desde diferentes posiciones, en red, de forma cooperativa. Pero para no limitarnos a copiar y pegar hemos de pasar de la punta del iceberg al glaciar de la cultura occidental y preguntarnos con Donna Haraway: “¿Con la sangre de quién se crearon mis ojos?”.


Amparo Moreno Sardá es catedrática emérita de Historia de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona. Sobre el tema que plantea en este artículo ha publicado (1986), El arquetipo viril protagonista de la historia; (1988), La otra ‘Política’ de Aristóteles; (1991), Pensar la historia a ras de piel; (2007), De qué hablamos cuando hablamos del hombre. Treinta años de crítica y alternativas al pensamiento androcéntrico.


dimecres, 29 de desembre del 2010

Universalitzar l'excel·lència

En un reciente congreso celebrado en la Universidad de Évora debatían los participantes sobre un asunto crucial para la educación. Dos modelos educativos parecían enfrentarse, el que pretende promover la excelencia, y el que se esfuerza ante todo por no generar excluidos. Parecían en principio dos modelos contrapuestos, sin capacidad de síntesis, esas angustiosas disyuntivas que se convierten en dilemas: o lo uno o lo otro.
Afortunadamente, la vida humana no se teje con dilemas, sino con problemas, con esos asuntos complicados ante los que urge potenciar la capacidad creativa para no llegar nunca a esas "elecciones crueles", que siempre dejan por el camino personas dañadas. Por eso la fórmula en este caso consistiría -creo yo- en intentar una síntesis de los dos lados del problema, en universalizar la excelencia, pero siempre que precisemos qué es eso de la excelencia y por qué merece la pena aspirar a ella tanto en la educación como en la vida corriente. No sea cosa que estemos bregando por alguna lista de indicadores, pergeñada por un conjunto de burócratas, que miden aspectos irrelevantes, aspectos sin relieve para la vida humana, a los que, por si faltara poco, se bautiza con el nombre de "calidad".
En realidad, el término "excelencia", al menos en la cultura occidental, nace en la Grecia de los poemas homéricos. Recurrir a la Ilíada o la Odisea es sumamente aconsejable para descubrir cómo el excelente, el virtuoso, destaca por practicar una habilidad por encima de la media. Aquiles es "el de los pies ligeros", el triunfador en cualquier competición pedestre, Príamo, el príncipe, es excelente en prudencia, Héctor, el comandante del ejército troyano, es excelente en valor, como Andrómaca lo es en amor conyugal y materno, Penélope, en fidelidad, y así los restantes protagonistas de aquellos poemas épicos que fueron el origen de nuestra cultura, al menos en parte, porque la otra parte fue Jerusalén.
Pero el excelente no lo es solo para sí mismo, su virtud es fecunda para la comunidad a la que pertenece, crea en ella vínculos de solidaridad que le permiten sobrevivir frente a las demás ciudades. Por eso despierta la admiración de los que le rodean, por eso se gana a pulso la inmortalidad en la memoria agradecida de los suyos.
Al hilo del tiempo esa tradición de las virtudes se urbaniza, se traslada a comunidades, como la ateniense, que deben organizar su vida política para vivir bien. Para lograrlo es indispensable contar con ciudadanos excelentes, no solo con unos pocos héroes que sobresalen por una buena cualidad, sino con ciudadanos curtidos en virtudes como la justicia, la prudencia, la magnanimidad, la generosidad o el valor cívico. Ante la pregunta "excelencia, ¿para qué?" habría una respuesta clara: para conquistar personalmente una vida feliz, para construir juntos una sociedad justa, necesitada de buenos ciudadanos y de buenos gobernantes.
A fines del siglo pasado surge de nuevo con fuerza la idea de excelencia al menos en tres ámbitos. En el mundo empresarial el libro de Peters y Waterman En busca de la excelencia invita a los directivos a tratar de alcanzarla siguiendo principios con los que otras empresas habían cosechado éxitos. En el mundo de las profesiones se entiende con buen acuerdo que el profesional vocacionado, el que desea ofrecer a la sociedad el bien que su profesión debe darle, aspira a la excelencia sin la que mal podrá lograrlo. Y también en el ámbito educativo florece de nuevo el discurso de la excelencia, al que es preciso dar un contenido muy claro para no confundirla ni con las supuestas medidas de calidad, un tema que queda para otro día porque requiere un tratamiento monográfico, ni con la idea de una competición desenfrenada en la escuela, en la que los fuertes derroten a los débiles. Conviene recordar que en la brega por la vida no sobreviven los más fuertes, sino los que han entendido el mensaje del apoyo mutuo, los que saben cooperar y por eso les importa ser excelentes.
La excelencia, claro está, tiene un significado comparativo, siempre se es excelente en relación con algo. Pero así como en las comunidades homéricas importaba situarse por encima de la media, el secreto del éxito en sociedades democráticas consiste en competir consigo mismo, en no conformarse, en tratar de sacar día a día lo mejor de las propias capacidades, lo cual requiere esfuerzo, que es un componente ineludible de cualquier proyecto vital. Y en hacerlo, no solo en provecho propio, sino también de aquellos con los que se hace la vida, aquellos con los que y de los que se vive. En esto sigue valiendo la lección de Troya.
A fin de cuentas, no se construye una sociedad justa con ciudadanos mediocres, ni es la opción por la mediocridad el mejor consejo que puede darse para llevar adelante una vida digna de ser vivida. Confundir "democracia" con "mediocridad" es el mejor camino para asegurar el rotundo fracaso de cualquier sociedad que se pretenda democrática. Por eso una educación alérgica a la exclusión no debe multiplicar el número de mediocres, sino universalizar la excelencia.
Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y Directora de la Fundación ÉTNOR.


El Pais, 29/12/10